El evangelio requiere que le conozcamos

04 de Enero del 2015 | Ernesto Mendoza

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El mensaje de Cristo rechaza tanto la autosuficiencia de los fariseos religiosos como el estilo de vida de un adúltero desenfrenado. En Juan 3 y 4 abarcamos los dos extremos.

«Dios te ama como eres, pero no quiere dejarte como estás».

La mujer presena un contraste marcado con Nicodemo. De hecho eran monumentalmente opuestos. Nicodemo era un hombre, ella era una mujer. Él era judío, ella era samaritana. Él era un líder religioso, ella era una adúltera. Él era sabio, ella era ignorante. El era un miembro de la clase alta, ella era de los marginados de Israel. Él reconocía a Jesús como maestro de Dios, ella no tenía ni idea de quién era Jesús.

De cualquier manera la lección es la misma. Cristo vino a buscar a los pecadores. Ya fueran religiosos sin vida como Nicodemo, o con una vida pecaminosa y vacía como la mujer samaritana. Cristo vino a buscar a los pecadores. Así como Cristo nos buscó una vez.

V. 4 Le era necesario pasar por Samaria. Esta no era una necesidad Geográfica. En realidad pasar por samaria no era normal para un judío. A pesar de ser la ruta mas corta a Galilea, los judíos crearon una ruta alterna. Los judíos aborrecían a los samaritanos. Cuando Israel fue llevado cautivo, los que quedaron en Israel se mezclaron con las naciones vecinas, crearon su propio centro de adoración. Los judíos los consideraban impuros e idólatras.

v. 5-9

Así que encontramos problemas etnicos, raciales y religiosos que hacen que los judíos rechacen a los samaritanos. Ellos eran inmundos. Su raza era impura. Ellos eran herejes religiosos. Y por lo tanto, eran evadidos por los todos los judíos, menos uno. Al hacer su viaje por Samaria, nuestro Señor mostró amor por los pecadores. La razón por la que Jesús tenía que tomar ese camino era el cumplir con una cita divinamente establecida, junto al pozo de Jacob. Había venido a buscar y salvar a los perdidos.

Jesús rompió con todas estas barreras. Él buscó estar solo en Samaria, se sentó en el pozo y habló, rompiendo el silencio. Habló a una mujer samaritana. Él hablo a una mujer, una mujer adúltera. Esto es un reflejo de cómo somos nosotros. Somos orgullozos, rencorosos, criticones, lujuriosos, glotones, mundanos, flojos, temerosos. Nosotros, todos, hemos recibido gracia abundante, porque un día a Cristo le fue necesario venir a este mundo a morir por ti y por mi.

Sin embargo, la historia que econtramos en la primera parte de Juan 4 no se trata principalmente de una mujer samaritana, sino más bien es la revelación que Jesús hace de sí mismo. El evangelio que Jesús predicaba requiere un reconocimiento de quién es Él (v. 10). Pero un conocimiento de él mostrará más acerca de nosotros. La mujer no conocía a Jesús, pero a través de su revelación, lo fue conociendo gradualmente hasta llegar a la fe que salvadora.

I. Jesús es el agua viva. Destapa nuestra sed epiritual.

Esta mujer tenía sed y ella nisiquiera lo sabía. La conversación cambia drásticamente. Al principio era Jesús quien tenía sed y la mujer era quien le podía dar agua. Pero ahora Jesús le dice que ella es la que tiene sed y él es el que puede darle agua.

Jesús le esta hablando de manera espiritual. Pero a diferencia de Nicodemo, ella no comprende nada. Sin embargo le dice «dame de esa agua». Jesús le responde: «ok, ¿quieres el agua? pues primero tienes que darte cuenta que tienes sed».

V. 16-18

Y muchos de nosotros somos como la mujer samaritana. Tenemos sed y no nos hemos dado cuenta.

Esta mujer va avanzando en su conocimiento de Jesús. Ya no es simplemente algo que se ofrece para saciar su sed espiritual, sino que lo identifica como profeta.

II. Jesús es el profeta. Demuestra nuestra pecaminosidad.
La petición de Jesús expuso el corazón de esta mujer. El primer pecado que encontró fue la mentira. Ella dijo «no tengo marido». ¿Era verdad? Sí y no. Es una verdad a medias.

El segundo pecado es el adulterio. Estaba viviendo con un hombre que no era su marido.

El tercer pecado fue la evasión. Muchas personas hacen eso porque en ese punto suelen verse vulnerables.

III. Jesús es el Mesías. Demanda adoración verdadera.
En el versículo 21, Jesús cambia el enfoque de la pregunta de ¿dónde? a ¿cómo?

La ubicación no hace que la adoración se auténtica. La adoración no es sólo un acto externo que podamos cumplir. Jesús citó diciendo: «Este pueblo de labios me honra más su corazón está lejos de mi, pues en vano me honran…». La adoración es antes que nada, una experiencia del corazón. Orar sin corazón es en vano. Cantar sin el corazón es en vano. Testimonios, acciones de gracias, sermones, son vanos y sin valor a los ojos de Dios si no vienen del corazón. Así que Jesús le dice a la mujer: «no entres en controversias, porque el cómo adoramos es infinitamente más importante que el lugar en el que adoramos.

La adoración es algo que hacemos todos los días. Si no estamos adorando el sábado en la noche o el lunes en la mañana, entonces no estamos adorando.

IV. Jesús es el Salvador. Denota la salvación por fe.


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