El hijo de Dios y los propósitos de año nuevo

Cuando Juan escribe su primera epístola, él tiene en mente a personas que se han infiltrado en la iglesia con una herejía. En 1 de Juan 2, habla acerca de los anticristos, o aquellos que en su vida reflejan el espíritu del anti-Cristo. Al final del capítulo 2 y al principio del 3, el apóstol enfatiza el contraste que debe haber en el creyente con esta filosofía pagana. Así que este capítulo comienza enfocando la nueva posición que el creyente tiene en Cristo. Aquel que niega a Cristo, no es de Dios, pero nosotros somos hijos de Dios.

Juan hace una de las declaraciones más asombrosas de la Biblia (1 Jn 3:1). ¿Cómo puede ser que pecadores finitos, enemigos de Dios y corruptos puedan ser llamados hijos de Dios? No hay otra explicación sino las riquezas de la gracia de Dios. Y no sólo es la gracia de la salvación, sino que el ser hijos de Dios también nos da una esperanza futura (3:2). Un día seremos transformados perfectamente a la imagen de Cristo, esta esperanza es motivadora para vivir una vida santa mientras aguardamos la venida del Señor (v. 3).

Vemos que el apóstol comienza hablando de la importancia de nuestra posición en Cristo ya que esto es la base para que podamos llevar a cabo las cosas que va a mencionar a continuación. En el resto del capítulo 3, Juan va a enfatizar cuál debe ser el enfoque del Cristiano, y esto nos puede ayudar para establecer nuestras metas o propósitos de año nuevo.

1. Victoria sobre el pecado (v. 3-10)

El apóstol Juan comienza ofreciendo una definición de lo que es el pecado. Creo que esto es importante porque, como pecadores, tenemos la tendencia de minimizar el pecado y sus consecuencias. Hemos creado una categoría de mentiras a las que llamamos «mentiras piadosas», cuando cometemos actos inmorales decimos que fue un «desliz», cuando hacemos algo que ofende a otros decimos «fui débil», y muchos otros se justifican diciendo «así soy». El pecado es más que eso, es infraccionar la ley de Dios y un día daremos cuenta delante de Dios. Pero las cosas no terminan ahí, ya que versículo 5 nos dice las buenas nuevas del evangelio de alguien que pagó nuestra deuda, de Cristo quien vino para quitar nuestro pecado (1 Jn 3:4).

Esto es importante porque nos muestra cuál fue la visión de Cristo, él estaba enfocado a acabar con el pecado y la invitación es que este año que va a comenzar, tengamos este mismo enfoque. Que podamos identificar el pecado en nuestra propia vida y acabar con el pecado. No podemos justificarnos diciendo «no puedo, yo soy así», sin embargo Cristo puede vencer nuestro pecado, lo hizo en la cruz y su gracia nos ayuda a vencer. El pecado es muy sutil y es difícil de identificar, pero esta debe ser nuestra oración, que el Señor nos ayude a identificar nuestro pecado y a vencer confiando en la gracia del evangelio.

Cuando el versículo 9 dice que el creyente «no puede pecar», no quiere decir que un cristiano es infalible al pecado, sino que no practica el pecado (1 Jn 3:8). Mientras vivamos en este cuerpo pecaminoso carnal, vamos a luchar con el pecado, sin embargo tenemos la simiente de Dios y el Señor no nos va a dejar en el pecado. El verdadero creyente es redargüido de pecado.

2. Amor al prójimo (v. 11-18)

Juan contrasta dos simientes: la del diablo y de la de Dios. Saber de qué simiente somos se mostrará en el amor hacia nuestros hermanos. Debemos amar al prójimo como Cristo lo hizo por nosotros. El versículo 11 tiene que ver con el gran mandamiento: amar a Dios con todo el corazón y a nuestro prójimo como a uno mismo. De hecho es un resumen de los diez mandamientos. Versículo 12 nos da un ejemplo de cómo ‘no amar’ a nuestro hermano, pues Caín quien mató a su propio hermano. Esto es lo que Jesús hablaba acerca de la culpabilidad de aquel que aborrece a su hermano, el Señor ve el enojo igual que el homicidio, porque cuando nos enojamos contra alguien, no pensamos cosas bonitas acerca de esa persona
Esta actitud revela lo que hay en nuestro corazón. Por eso, una meta para este año debiera ser: mostrar gracia a nuestros hermanos. En la cruz, Jesús absorbió la ofensa y ofreció gracia; somos llamados a hacer lo mismo. Esto es difícil pero en realidad es lo que significa vivir el evangelio. No debería ser que hay hermanos en la iglesia que no se hablan o que están enojados entre sí. Esto no significa que todos en la iglesia serán nuestros mejores amigos, pero les amamos y perdonamos, mostrando gracia como Cristo lo hizo con nosotros en la cruz.

Podemos ver el contraste que Juan hace entre Caín y Cristo. Caín le quitó la vida a su hermano y Cristo puso su vida por los suyos (1 Jn 3:16). Un ejemplo de cómo aplicar esto a nuestras vidas es lo que vemos en el siguiente versículo (1 Jn 3:17), donde se nos habla de ver la necesidad de otros. Podemos mostrar el amor de Cristo en diferentes maneras. Para esto necesitamos salir de nuestro contexto y ver la necesidad de otros. El problema es que no salimos de nuestra burbuja y no tomamos riesgos por Cristo y para el bien de los demás.

3. Confianza en Cristo (19-24)

Juan termina el capítulo de manera diferente, tratando de animar a aquellos que se han visto reprendido por sus exhortaciones anteriores. Para saber la verdad hay algo más que nuestros sentimientos. Algunas personas pudieran llegar a dudar de su salvación, pero hay una verdad más grande, es el Espíritu que vive en nosotros da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, trayendo la verdad de Dios a nuestra vida (Ro 15).

La seguridad en Cristo debiera ser la experiencia ordinaria y el privilegio del creyente. Este debiera ser nuestro propósito para este año. Lo que Juan nos da es una palabra de tranquilidad para las conciencias sensibles. Debiéramos vivir ante Dios no en temblorosa ansiedad sino en confianza serena. Cuando todo al derredor parece derrumbarse, nuestra confianza debe estar firme en Dios.

Juan 3:21-22 El apóstol está hablando a personas que ya ha exhortado y que han sido redargüidos por su pecado. Así que su petición será un clamor de ayuda para poder obedecer y agradar a Dios.

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