17 de Abril del 2016 | Ernesto Mendoza

[fruitful_tabs type=»default» width=»100%» fit=»false» tabcolor=»#33bee5″]
[fruitful_tab title=»Audio»]

 Descargar

[/fruitful_tab]
[/fruitful_tabs]

Hoy en día la psicología está por todos lados. Estaba leyendo un artículo sobre psicología que hablaba del poder de la mente y las palabras: «Nuestras palabras tienen el poder de crear y el poder de destruir. Si nuestro vocabulario es pobre y pesimista, así será nuestra vida. Muchas veces queremos prosperidad, paz y felicidad pero con nuestra boca declaramos lo contrario. De nuestras palabras depende nuestro futuro».

Y muchas iglesias están basadas más en la psicóloga que en la Biblia y han cristianizado esta idea del poder y andan declarado como si hubiera alguna clase de poder en nosotros. Pero el Cristiano no encuentra su poder en las palabras sino en el evangelio, porque el evangelio es poder de Dios.

La vida cristiana se define por el evangelio. Ese es el mensaje central de todo lo que somos y hacemos. No piense en el evangelio sólo como «los cuatro pasos para ser salvos». Esta es la idea que muchas veces tenemos y por eso no creemos que tenga trascendencia en nuestra vida diaria. Pero es mucho más que eso.

Aunque el mundo habla del poder de la Palabra, déjeme decirle que sí hay palabras poderosas. Hay por lo menos cuatro palabras trascendentes que definen lo que es el evangelio: justificación, propiciación, redención e imputación. Estas palabras son la base de la obra redentora de Cristo. ¿Quiere tener el poder de la Palabra? Entonces tome tiempo para analizarlas, estudiarlas, entenderlas y vivirlas. Es el poder del evangelio.

Romanos 1:17 nos dice que el evangelio es poder de Dios para salvación. Y es que debemos entender que necesitamos ser salvos de la condena y el castigo por nuestros pecados. Muchas veces decimos «todos somos pecadores» pero no entendemos la gravedad del asunto. La idea de que usted y yo somos pecadores debería aterrarnos. Que un día vamos a enfrentar a un Dios santo y justo que traerá a juicio cada pensamiento, palabra y acción.

¿Y cómo podría un juez que es absolutamente justo y recto justificar (declarar justo) a un criminal que es absolutamente culpable y condenado?

– «De palabra de mentira te alejarás, y no matarás al inocente y justo; porque yo no justificaré al impío». (Éx 23:7)
– ¿Cómo, pues, se justificará el hombre para con Dios? ¿Y cómo será limpio el que nace de mujer? He aquí que ni aun la misma luna será resplandeciente, ni las estrellas son limpias delante de sus ojos; ¿Cuánto menos el hombre, que es un gusano, y el hijo de hombre, también gusano? (Job 25:4-6).

¿Cómo es que Dios puede decirte a ti que eres justo cuando de hecho no eres justo? Quizás piensas que él simplemente pues va a pasar por alto tus pecados, pero no funciona así con Dios. Eso iría en contra de su carácter justo y santo.

– El que justifica al impío, y el que condena al justo, ambos son igualmente abominación a Jehová. (Pro 17:15)
– El que dijere al malo: Justo eres, los pueblos lo maldecirán, y le detestarán las naciones (Pro 24:24)

¿Cómo puede ser justificada una persona injusta y recibir la entrada al reino de Dios?

Es cuando encontramos el poder de Dios para salvación en una palabra poderosa: «La imputación». Hoy vamos a hablar sobre la palabra «imputación», no es amputación sino imputación. ¿Qué relación tiene en la obra de Cristo y qué importancia tiene para nosotros? Vamos a ver en la Biblia sobre tres conceptos y tres paisajes que nos ayudan a entender lo que es la imputación.

1. Ponerlo a cuenta (Fil 15-19).

Onésimo es un esclavo fugitivo. Él había robado y dañado algo de la propiedad de su amo Filemón. Y por un agravio menor que ese los esclavos eran llevados a la muerte ¿qué cree que le esperaba a Onésimo? Pero él llega hasta donde está Pablo y recibe a Cristo como su Salvador y ahora es un cristiano, y su amo Filemón al que dañó también es cristiano. Pablo envía a Onésimo de regreso con su amo. Filemón tenía todo el derecho legal de tomar a su esclavo y llevarlo a la orca, o cortarle la cabeza por lo que había hecho.

Es aquí donde Pablo escribe esta carta para interceder por Onésimo (vs 17-18). «Ponlo a mi cuenta». La deuda que él tiene contigo ahora es mi deuda, yo te lo pagaré. Y a ese esclavo ahora recíbelo como a mi mismo.

Y esta es una figura de lo que ha pasado en la Cruz. Todos nosotros somos delincuentes descarriados, fugitivos de la justicia delante de Dios. Hemos dañado, hemos ofendido la santidad y el carácter de Dios con cada pecado, cada pensamiento, cada mentira, cada mala palabra, cada deseo pecaminoso. Algunos dicen: pues yo sí he robado pero algo pequeño y hace mucho tiempo. Pero no hay misericordia para un profugo de la justicia, sigue siendo un delincuente.

Es entonces que Cristo vino y es como si en la Cruz él le hubiera dicho a Dios: «Si en algo te ofendió ponlo a mi cuenta» y ¿qué sucedió? Jesús fue molido en la cruz. Pero no termina ahí. Al igual que Pablo Cristo mismo le dice al Padre: «Recíbele como a mi mismo».

La imputación es una transferencia. Mis pecados son puestos en la cuenta de Jesús y su justicia es puesta en mi cuenta. Y es entonces que yo puedo tener entrada al Reino del Padre celestial.

2. Contar o atribuir (Rom 4:3-8).

Este pasaje parece como si dijera que la fe fuera valorada como justicia. Como si la justicia de Dios valiera 5 millones y yo sólo tuviera mi fe de 5 mil pesos. Y entonces Dios tomara mi fe de 5 mil y la contara como si fueran 5 millones y misericordiosamente cancelara el resto.

“La justicia acreditada por la fe” no quiere versículos 7-8. Y tú también si hoy pones tu fe, tu confianza eterna en quetraestra justicia, sino que nuestra fe nos une a Cristo a fin de que la justicia de Dios en Cristo nos sea imputada. La fe nos vincula con la justicia de Dios. No hay justicia en mi, por medio de la fe en Cristo Dios me acredita me otorga, cuenta la justicia de Cristo como mi justicia.

Supongamos que usted le dice a su hijo que limpie su cuarto para poder salir a jugar y él no lo hace. Su hijo reconoce su pecado y le pide perdón. Entonces usted le dice a su hijo: «voy a contar tus disculpas como si tu habitación estuviera limpia. Te dije: «Debes tener el cuarto limpio, o no podrás salir a jugar». Está limpio. Así que puedes ir. Cuando usted cuenta sus disculpas como si la habitación estuviera limpia, no significa que la disculpa haya limpiado la habitación.

Qué increíble promesa. Es por eso que David clama con gozo en versículos 7-8. Y tú también si hoy pones tu fe, tu confianza eterna en aquellevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a justifica al impío, también Dios te atribuye la justicia perfecta de Jesús.

3. Transferir (Lev 16:8-10, 15-16, 20-22).

Al poner las manos sobre el animal, se transfiere simbólicamente los pecados del pueblo al animal que será sacrificado o enviado al desierto.

Esto es lo que Jesús ha hecho con nosotros. Cuando usted cree y pone toda su confianza en Jesús para salvación, cada pecado que usted ha cometido es transferido a Cristo en la cruz. Él llevó nuestros pecados sobre sí mismo.
– «quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados. (1Pe 2:24)
– «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros». (Isa 53:5-6)

Esto nos habla de un acto de transferencia donde el peso de la culpa de uno es tomado y puesto en alguien más. Y ahora ante los ojos de Dios ¿qué ve Dios cuando mira a Cristo? ¿Justicia? no, el ve podredumbre de pecado.

Pero si esto hubiera terminado ahí, usted y yo nunca seríamos justificados. Ese acto unico no me llevaría al reino de Dios. Yo seguiría siendo injusto. Sería inocente quiás pero no justo. No es la inocencia la que me lleva al reino de Dios sino la justicia.

Lo que pasa es una doble transferencia. No sólo se imputa el pecado del hombre a Cristo. Ahora ¿qué pasa con la justicia de Cristo? La justicia de Cristo es transferida a nosotros, para que a los ojos de Dios ahora estemos limpios. Hay una transferencia real para todos los que estan en Cristo.

Juan Bunnyan: «También vi, por otra parte, que no era la buena disposición de mi corazón la que determinaba que mi justicia fuera mejor, ni tampoco era mi mala disposición la que determinaba que mi justicia fuera peor, sino que mi justicia era el mismo Jesucristo, “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8).

No empeora cuando su fe es débil. La justicia de Dios es perfecta. La justicia de Dios es Cristo.


[addtoany]

Compartir

Otros artículos

Recibe los artículos en tu correo

Suscríbete tu correo electrónico para recibir las actuaizaciones de la Iglesia Bautista Emanuel

Nosotros

Grupos

  • Mujeres
  • Varones
  • Jóvenes menores
  • Matrimonios